Recuerda cómo hace meses durante una visita al Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid había una sección dedicada a la fauna de la Sierra de la Comunidad de Madrid, donde vivía. Expuestos en un cristal estaban al menos 200 polillas que habitaban en la sierra. Con el ceño fruncido, pegada la vista al cristal, horrorizándose de lo que sus ojos veían:
—¡Joder! ¿En serio existen polillas así de grandes? Te juro que si alguna vez yo me encuentro una así, me mudo.
Y esta fue la invocación, el conjuro, que tuvo lugar meses después. ¿Pudo ser una coincidencia? ¿O es la voluntad de un creador de poner su obra en su sitio? ¡Pues claro que existen! Soy capaz de eso y más.
Eran las once de la noche y revoloteando entró este espectro, dando tumbos, confuso, aunque claramente estaba guiado y sabía lo que estaba haciendo.
Nada más entrar la polilla anunció su presencia volando alrededor de la televisión, claro centro de atención, para llevarse las miradas y la atención, podemos decir que la sombra que proyectaba modificaba la iluminación en la estancia debido a su tamaño.
El gato vio como la polilla le sobrevolaba, nunca fue un gato muy espabilado y no sabe lo que es una presa. Se limitó a satisfacer su curiosidad con la mirada, esta noche no será de gran ayuda.
Cuando la presentación estuvo estando hecho y dejando el shock en ek aire, la polilla se posó en la pared sobre la chimenea, cercana al techo.
Fue entonces cuando el humano pudo proceder al reconocimiento. Era asquerosa. Podía tener la envergadura de una pelota de tenis y más pelo que un galgo vietnamita. Paralizado por el horror, la primera reacción fue hacer una foto y compartirla con amigos y familiares. Era incapaz de acercarse, el miedo que le producía su gordo cuerpo y su vuelo errático formaban un muro infranqueable en su cabeza. El siguiente movimiento sería encerrarse en otra habitación y trazar un plan. La falta de provisiones en la casa hacian que la situación fuese límite.
—»Piensa, piensa…» «En casa no hay matamoscas, tampoco quiero espachurrarlo contra la pared, dejaría una marca del tamaño de la República Checa. ¿Toalla? Podría ser una opción, pero… ¿soy capaz de acercarme lo suficiente? Está claro que no.»
Saludado esto, las opciones de ofensiva se reducen, solo queda echar mano de proyectiles. Procederé al recuento de artillería. La verdad que se antoja muy escaso: dos zapatillas de andar por casa y un cojín.
El tiempo hace lo suyo, como en las batallas con grandes asedios. Al día siguiente hay que madrugar para trabajar y no se puede perder tiempo en tonterías, pensarán ustedes, y todos a los que se les ha compartido la noticia de la aparición.
La estrategia será la siguiente: primero, lanzamiento de zapatilla para derribar el objetivo, y segundo, asfixia y aplastamiento por medio del cojín. No juzguen esto como una apología sádica, pero en estos casos es más vale confirmar la baja.
A una distancia de unos 3-4 metros el lanzamiento no es fácil. Así es por lo que falla el primero, pero el segundo impacta. Bingo… El tamaño de la criatura la hace un blanco fácil.
Cae inerte, levantado el polvo del suelo al caer, como si de un gigante se tratara.
Pasando a la segunda parte del plan, de cerca el bicho es aún más repugnante, se arma de valor y coloca el cojín justo encima del monstruo y aprieta con todas sus fuerzas, usa una de las zapatillas para aguantar la presión. Tras treinta segundos siente que ya es suficiente. Siente que ha ganado, el orgullo le invade y da la noticia a todos.
Pero el asco sigue estando ahí, decide dejarla debajo del cojín con la zapatilla coronando como si de una lápida se tratase. Después de todo, ha sido un gran adversario digno y hay que mostrarle respeto.
Con la sensación de haber hecho un buen trabajo decide ponerle fin al día, e irse a dormir con un problema solucionado.